miércoles, 22 de diciembre de 2010

Náufragos de otoño (fragmento)

Después de cinco años desperté aquellas sensaciones silenciadas para sobrevivir. Tanta herida para nada, tanta cicatriz para qué. Una mujer que se lee vestida de palabras para que nadie mire corazón adentro.


Como pétalos olvidados en un libro, así dejé el amar moroso amar de a mares. Y un día desperté con los signos puestos... ¿Quién me escribe la piel? ¿Quién me pinta paisajes en la mirada? ¿Quién me talla la cintura al borde de los labios y desdibuja mis cabellos con sus manos de pájaro o de viento?


Al abrir mi nueva mirada, encontré cáscaras de amor por todas partes, un paréntesis de historia entre el hombre y la mujer… Era líquida la llaman. Se deshielan los polos, se deshacen los bosques en las bocas calientes de infames llamas, hambrea el alma por todas partes y a mí se me ocurre renacer otra vez. ¿Medio disuelta, líquida tal vez? ¿Con el corazón hambriento también? ¿Con alguna ceniza encendida?


Un poema que escribí decía “Vendo urgente corazón desocupado…” y alguien me dijo, el corazón no se vende se alquila. Tenía razón, tenemos un único corazón, podemos tener inquilinos en él (aunque no sea romántico, aunque quede mejor decir te di mi corazón), pero siempre será nuestro.


Me pregunté cómo hace una mujer en su otoño, avanzada la tarde, para buscar algún náufrago que busque también una isla donde aferrarse. Y no pido ni pedimos mucho, restos para rehacer, como venidos de batallas en el mar de todos los sentimientos.


¿Qué quiere el hombre? ¿Qué quiere la mujer? Creo que en el fondo coincidimos quizás sin saberlo a conciencia. Buscamos volver a amar y ser amados. Esa es la estrategia invalidada por las tácticas de pasar buenos momentos… compartir sueños de cama… ¿Dejamos de creer en el amor? ¿Tan líquidos estamos? Poca consistencia para amar…


Globales apariencias de otoño, escaramuzas de la palabra, artilugios de los despojados, un buscarse y perderse… Los náufragos tenemos los pulmones llenos de escamas que hicieron cruces en la memoria, por eso sabemos cuando alguien se acerca a las heridas, sabemos lo que sí queremos y lo que no, y si alguien se acerca a lo que no, un alerta suena a radar abierto cerrando puentes, clausurando la esperanza.

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