jueves, 18 de noviembre de 2010

Millones de veces uno

   Nos estamos acostumbrando a hablar de millones de cosas, millones de pesos, de internautas, de seres humanos, seres vivos. Incrementamos nuestro vocabulario globalizado en innumerables palabras. Día a día crecemos.


   Para llegar a 1.000.000 siempre comenzamos por 1, ese uno tan importante que da lugar a cifras incontrolables en nuestra mente. Todo entra en la nebulosa global de los ceros que pueblan el pensamiento. Así ante los finitos números que buscan su horizonte infinito, la conciencia del uno pierde su valor, porque nos referimos a millones que conforman una gigantesca base de datos, un porcentaje del todo.


   Cuando hablamos de seres humanos, podemos aceptar los números si nos preservamos de mensajes que van quedando como naturales, cuando no lo son. En el hombre, ser indivisible de su espíritu, uno y uno y uno y millones de veces uno, siempre es uno; valor intrínseco que hoy no sabe que lugar ocupa en el mundo, pero que en su pequeño corazón, es capaz de albergar universos.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Decidida a todo


Iba decidida a todo, con mi vocación de sombra y mi actitud de silencio guardadas en la caja fuerte del analista. Ahora sí, podría decir todo lo que me había guardado en los últimos tiempos, que eran nada más y nada menos, que los últimos cinco años de mi vida.


LLevando al pie de la letra lo recomendado en la última sesión, me arreglé como para matar de un infarto al que se me cruzara en el camino. Creo que exageré un poco, pero ese vestido negro de lycra, un talle más chico, que le había sacado del placard a una de mis hijas, el pelo recogido y desmechado, los labios rojos y las pestañas postizas que me había comprado para la última fiesta, me daban valor para enfrentarlo.


Ya no sería la idiota que se las tragaba todas; la muda que miraba desconcertada el reloj, cada vez que llegaba a las dos de la mañana de sus reuniones de negocios, cansado como trapo de piso que embebió champagne derramado. No, el analista me había dicho, que para demostrar que estaba curada, debía resolver antes que nada esta situación, según él, ambigua y que terminaría por destruirme. El me había preparado para resolver cualquier situación, y éste era el momento de demostrarlo. Un toque de perfume detrás de las orejas y lista, al salir paré un taxi.

El taxista, no dejaba de mirarme de reojo por el espejito, que dobló hacia abajo para ver lo que me faltaba de pollera. Recordé entonces la canción de Arjona cuando dice que le vio las pantorrillas... y algo maaaaaas.


Al llegar a Corrientes, sentí como si el vestido me quedara grande, no podía ser que adelgazara tanto de los nervios. Con mi mano toque la espalda y las costuras del vestido habían desaparecido, en su lugar, el ganchito del corpiño, la piel, y la vedetina de encaje negro completaban el diseño. Hubiese querido morirme de no ser porque aún no terminaba de demostrar nada.


-Dónde le paro? dijo amablemente el taxista.


-Volvamos a Belgrano, le contesté, mientras imaginaba cómo podría bajar del coche sin que nadie viera lo que me había ocurrido. En casa no había nadie a esa hora. Pensé en mi amiga Delia, pero estaba trabajando. Por segunda vez en el día, me armé de coraje y le comenté al taxista lo sucedido,  él, muy creativo, se ofreció a hacer de sombra pegadito a mi espalda.


Mi cita era a las siete y eran casi las nueve cuando mi marido llamó, más enojado que preocupado. Al notar mi risa y mi soltura, no creyó para nada lo que me había pasado, entonces le dí con Carlos, el taxista, para que le relatara lo sucedido.

" No puedo decir que me besó hasta la alfombra

y algo maaaaaaaaas... "

La Noche del Negro

Negro el diecisiete...dijo el groupie, y volvieron a brillar las estrellitas sobre la piel noche del Negro. Otra vuelta como ésta y safo por unos meses, se dijo.

La pasión por el juego lo llevaba a pasar largas horas especulando entre colores plenos pares e impares. Esa noche, como todos los viernes desde hacía no sé cuantos años, tenía el presentimiento que era "la noche", lástima que José, su inseparable compañero de juego, se había enfermado. Qué boludo lo que se pierde por una gripe, pensó. Mientras recordaba a Rosita, pobrecita, ella siempre tan paciente, esperándolo levantada hasta cualquier hora se colgaba de su cuello y jugueteaba como una adolescente, revisándole los bolsillos con los pantalones aún puestos, juego que el Negro tomaba como un preludio sexual.

Con una fe ciega en la bola de madera, cubrió el treinta a pleno, los años de ella, a la que pensaba sorprender con una lluvia de billetes.


- Colorado el treinta.....


- Siiiiiiiii!! No podía menos, fue ella la de la suerte, cuando se entere se va a poner loca! Gritó a viva vos.

Serían las cinco, cuando llegó a su departamentito del último piso de la Avenida Luro, el tercero que cambiaban en un año desde aquel fabuloso chalet del Faro, reduciéndose en espacio y categoría cada vez más ante la pérdida del dinero heredado de su padre y éste de su abuelo. Generaciones de emprendedores, de trabajadores de sol a sol, el mismo que dejó de ver cuando conoció a Rosita. Se la pasaban durmiendo, salvo los domingos que iban a la playa, para que ella provocándolo sólo a él, como le decía cuando los celos se hacían visibles en forma de humeante chimenea que le quemaba los bigotes, luciera su cuerpo desnudo adornado por una diminuta bikini, que de atrás parecía haberse ocultado de verguenza entre sus suculentas formas.


Al poner la llave en la puerta, con los bolsillos colmados de billetes que caían inescrupulosamente al suelo, y que levantaba uno por uno, fue sorprendido por un profundo silencio.


- Pobrecita, pensó, se quedó dormida. Y ensayó toda clase de ruidos, para que se despertara. El único despabilado con el bochinche fue él, el único que estaba en la casa.


Salió a la calle, tiró la caja de cigarrillos vacíos y trató de buscar algún lugar para comprar. Se subió al coche, mientras pensaba dónde podría estar Rosita. Pasó de largo unos cuantos kioscos, cruzó sin darse cuenta el paso a nivel confundido contento rabioso desconcertado. Del otro lado de las vías, compró los cigarrillos.


Al volver, los brazos de la barrera se cerraron y tuvo que esperar, miró a su alrededor, la calle era un desierto, a no ser por las lucecitas rojas de uno de esos lugares que buscan los pasajes y las calles oscuras y, en los que el amor tiene un par de horas prestadas.


- Ahí salen dos, se dijo.


El cigarrillo se consumía en sus dedos, como sus pensamientos acerca de ella y del tren que no venía.


- Ahí salen otros dos...Parece que la noche está calurosa. -


El tren pitaba cada vez más cerca.


- Otros dos, qué movida! Pero si parece el auto de José. Sí, es!. Así que enfermo, lo que se perdió...


Pasó la barrera, dio unas vueltas y regresó al departamento, ya estaba amaneciendo.


Estacionó en la puerta del edificio, en el mismo momento en que el coche de José arrancaba, y ella, la pobrecita reverendísima... se decía, entraba.


Se quedó en el auto unos minutos. Subió al ascensor impregnado por su perfume que ahora le daba nauseas. Apretó el botón y los dientes. Entró en el departamento, asqueado fue directo al baño, se lavó la boca como borrándose los labios.


Ella hizo como si lo hubiese estado esperando ansiosa, intentó hacer el juego que le gustaba, se quitó la ropa y se acercó despacio. El, se dejaba hacer.


Los ojos por demás elocuentes del Negro, la hicieron temblar.


Sin dejar de mirarla, con el gusto aún ácido y amargo, la fue arrinconando hacia la ventana abierta.


Una lluvia de billetes morados se precipitaba sobre las baldosas recién amanecidas, algunos como por vergüenza, cubrían el cuerpo desnudo de la pobrecita.













jueves, 4 de noviembre de 2010

Amores desencontrados

La voluptuosidad de la noche ronda sus manos llenas de caricias. Una noche más que vacía su contenido en la piel blanca de una hoja vidriada, y sus dedos se deslizan por las teclas con la pasión intacta, inquietos y húmedos de memoria, enredándose en las líneas de vellos tipográficos. Dibuja en el recorrido, el cuerpo del amor que vibra dando aullidos, perdiéndose en el aliento cercano de su boca. Una noche interminable eriza los poros venerada por la música de sus latidos y ella se siente casi infiel, protagonizando otras historias quizás semejantes a la suya, quizás, la nunca vivida.


En algún otro lugar de la ciudad aquellos labios tan suyos, mojados en champagne, buscan la novísima exitación de los sentidos. Un algo diferente a la rutina de la que huye, como soldado asustado de una larga guerra de la que los dos son víctimas. El buscará la complicidad de una mirada extraña que lo lleve a la profundidad de mares desconocidos, que tal vez no se atreverá a explorar, porque lleva el reflejo de otros ojos destellando en los suyos, pero vale el intento de bordear el límite de lo prohibido. Y volverá con un cansancio nuevo y misterioso esperando que no haga preguntas tontas e inevitables.


Ella fingirá una sonrisa que ignora ese afán de conquista. Dirá que también está cansada. Y se dormirán como amantes inconfesos que no violan el espacio pactado, guardando en el sueño sus secretos, que tarde o temprano serán los testigos de la sentencia.


El veredicto está dictado en amores como éstos. Porque estamos en la era en que la comunicación, salvo vía satélite o por cables, es el peor de los pecados, es confesarse humanos, diría... débiles humanos. Un error del marketing personal, área reservada sólo para grandes proyectos empresariales de la aldea global. Pero en el minúsculo compartimiento donde vibran sus almas, el caos reina en silencio. Se amarán secretamente para toda la vida, teniéndolo todo y no teniendo, sintiendo como sin sentirlo. Conscientes de ello vivirán así, hasta que la muerte, lectora incansable de Sheakespeare, los vuelva a unir avergonzados...