jueves, 16 de septiembre de 2010

Personaje de Telenovela

Mamá servía el desayuno mientras papá leía el diario (yo creo que algún día le va a servir el café sobre las noticias, cada día está más distraída).

Ella vive en su mundo de telenovelas y fantasías. Si la serie es divertida, ese día nos reímos todos, su buen humor pasea por toda la casa y nos envuelve una brisa fresca que predispone a las sonrisas. Pero cuando algún personaje traiciona a la protagonista...pobre papá! Apenas llega, lo huele y sospecha cada frase, cada excusa.

Papá le pidió que buscara de hacer un tallercito, gimnasia, cualquier cosita que la distraiga de tanta fantasía, pero es lo mismo que nada. Reconozco que pasa muchas horas sola, pero está tan ausente a veces... Cuando terminamos de desayunar estaba muy pálida, casi traslúcida, al menos para papá, que puso atención cuando le quité el diario de las manos.

Llamamos al médico, pero ya había perdido el conocimiento. El no encontraba explicación a su estado, preguntó si había tenido algún disgusto, pero no, a no ser que en la telenovela....y se me ocurrió llamar a tía Alicia, que tiene su misma pasión. - Alejandra se está muriendo porque Damián la dejó... - Está bien tía, después te cuento.

Pasó casi un mes desde el desmayo, mamá es como una sombra en la casa y eso que la novela terminó como todas, con un final feliz. No puedo entender esa locura por las historias de otros, como me cuesta entender por qué papá se fue a vivir con tía Alicia.

Caminando juntas

Una vena blanca sobre la piel
repentínamente oscura
de la tarde


Las últimas gotas están cayendo sobre el parabrisas del taxi que me conduce a casa, y no sé si será el cansancio que me diluye sobre él, o que es demasiado mullido. Pero siento que hoy fue un día de otra vida o que estoy viviendo con una piel prestada.
Para poder volver a verte, cuando más lo necesitabas, estando a quince minutos, tardé más de dos horas largas. Siendo porteña me perdí en Buenos Aires, en el cinturón que separa el torso inquieto de una ciudad loca, de las caderas suburbanas. Buscamos la Panamericana por toda la General Paz y recién en la Richieri nos dimos cuenta, que si seguíamos, jamás la ibamos a encontrar. ¿No es poético perderse acaso?. Lo hice muchas veces en prosa o en verso, pero de verdad, no lo habría imaginado. No sabía si volver a casa, pero mi corazón que casi nunca se equivoca, ya estaba con vos, decidí seguirlo y por fin llegué.

En la puerta me estabas esperando, con la misma sonrisa de mamá. Si hasta retaste al taxista que sólo sabía pedir disculpas, (el pobre hacía unos meses que venía del interior y no supo decir que no conocía) y yo, que soy apalabrada para las estrellas pero salame para el asfalto..., en fin, lo importante es que estábamos juntas. Dos mates apurados, y salimos a ver al Doctor. Todo fue muy rápido, miró los estudios y programó la operación para el jueves. Sólo falta el resultado de la biopsia dijo, y preparó todo ese confuso papeleo de internación.

Después nos fuimos caminando hasta tu casa, bajo las dos lluvias, la que nos mojaba los pies y la cara, y la que sentíamos al mismo tiempo, mojándonos otra vez la vida. Puse mis manos en tu hombro, recordando a mamá en sus últimas palabras, cuidá a papá y a tu hermana. Papá ya no está, y en mi arco iris natal, me quedás vos. Caminamos entre llantos y risas, que nunca nos faltan cuando estamos juntas, porque encontramos la risa en un charco, y si no tenemos de qué reirnos, algún recuerdo siempre nos hace cosquillas, y la gente no entiende las lágrimas de payaso con sonrisas mezcladas que tenemos.

Hoy no fue tan importante para mí si los chicos se mojaron al salir del colegio, y no los fui a buscar con paraguas de mamá, hoy lo más importante fue caminar esas cuadras juntas, aunque me haya perdido, aunque sienta que la lluvia, otra vez, pasó debajo de mi piel.

Relato de una casa

la puerta


Por fin me quitan este papel de encima que tanto me afea. Estoy vestida de acero, con hierros que van de derecha a izquierda y de arriba a abajo con triple cerradura, no me queda mal, me da cierta categoría, pero antes, mucho antes, me dejaban entreabierta y yo soslayaba el sol de la mañana, después, no obstante la sombra de las rejas, la armadura.

Tendrían que haberlo hecho cuando el sabandija me daba de aquí para allá sin piedad, menos mal que tengo vetas de acero que me protegen y los dolores tardan en llegar. Los humanos, advierto que son más débiles, las veces que el pobre hombre me remendaba de tanto portazo y rayón de bicicleta, las veces, otras, que lo vi llorar. Soy testigo de su sudor frente a los ladrillos que me acompañan a ambos lados, de sus tardes de cada verano cuidando las grietas, pintando la fachada, de su fatiga diaria dejada en el umbral de mis pies y su sonrisa sacada del bolsillo antes de entrar, conté cada latido apresurado de sus temores ocultos, también conté latidos extraños llevándose otros latidos. Las puertas como yo, sabemos detenernos a tiempo en los relatos, somos guardianas de pequeños mundos cotidianos.

En este lugar apartado, no hay mucho que mirar ni que escuchar, no se ven demasiadas casas, demasiado nada. No sé si este silencio de siesta pueblerina y esta pulcra solemnidad de mi armadura, serán suficiente compañía.


el sillón

Estoy bajando de peso, me queda grande la ropa y el polvillo me hace estornudar a cada rato. Dónde quedó la esmerada atención de esas manos suaves que me desempolvaban todos los días, que quitaban mis manchas y rocíaban el aire con perfume a lavanda, dónde la música, la tevé encendida, los juguetes, la charla de sobremesa aquí en el living, el olor a café...mmmhhhh!

Todo ahora es melancolía y gusto amargo, el mismo que dejó el verano. Yo no soy muy discreto, estoy acostumbrado a las palabras y a los secretos, aunque no tanto como las camas, esas sí que tienen para contar.

Ya me imaginaba cuando llegó el extraño que algo iba a pasar, se sentaban los dos sobre mis almohadones, retozaban como adolescentes, me mojaban con su sudor y el calor se apoderaba de mi cuerpo y de mis brazos. Eso vaya y pase en invierno, pero en verano era insoportable. Después se iban los dos para el dormitorio y antes que regresara el niño del colegio se marchaba como un ladrón, un par de horas más tarde llegaba él. Retrato de familia parecían todos encima mío viendo el televisor!

Cerca del final del verano, él se ausentó unos días, aquí no se hablaron los motivos, pero una noche entró el extraño a hurtadillas y al rato nomás se fue con ella y el niño llevando unas valijas. Al día siguiente el teléfono sonó sin parar y sin que nadie lo atendiera, sonó y sonó hasta aturdir toda la casa. Cuando él llegó parecía una sombra, arrastró sus pies llamándolos por toda la casa, y se tiró encima mío, por primera vez me dio lástima el pobre, sus ojos estaban perdidos. Así llegó la noche y se quedó dormido.

En la mañana, llamó desde aquí al trabajo y por varios días salía como un loco y volvía a entrar vencido. Vinieron unos señores y hablaban del niño y de ella repitiendo las mismas frases como si él fuera un tonto que no entendía nada.

Una semana más tarde ella regresó, los gritos sacudieron la casa, parecían venir del dormitorio. A partir de aquel momento todo fue confusión, gente que entraba y salía. Después vino el silencio, en realidad lo odio, viene y se instala adueñándose de toda la casa, ni siquiera me prende el televisor.


la cocina

Estoy sintiendo frío, cuánto hace que no me encienden, yo que soy tan cálida. Cómo la extraño, a él no, a decir verdad apenas lo veía, a veces levantaba la tapa de alguna olla o hacía café, nada más.

Al principio el pequeño ni se acercaba pero lo escuchaba hablar con su madre, cantar juntos, escribir sobre la mesa que está enfrente y a medida que fue creciendo ella le enseñó a calentarse la leche cuando venía de la escuela. Así lo hacía también cuando ella estaba en su dormitorio y desde allí le gritaba. Cerrá bien la llave! Tené cuidado con el fuego!. No sé si estaba enferma o llorando, porque aquí, también la vi llorando.

Fue en el último verano, apenas comenzaba. Después de cenar ella le reprochaba un papel que había encontrado en su saco, él le decía que no, que eran suposiciones, se rompió un plato y el chico entró asustado, todo fue una cosa desagradable que terminó desbordando la pileta. Un caos, un verdadero caos que no estaba acostumbrada a presenciar. A partir ese día, ella cambió y todo cambió. Por un tiempo lo vi sólo a él, bastante apesadumbrado, me dejó los quemadores sucios, no fue capaz de pasarme un trapito.
Que frío! ¡Qué frías somos las cocinas sin la mano que nos enciende! Tenemos blancura de heladera.


el espejo del baño

Los espejos guardamos más de un rostro de cada uno, el primero a cara lavada, el otro con afeites. En realidad somos despiadados con los dos, les mostramos la realidad que vemos, ellos sólo ven lo que quieren ver y lo que no les gusta lo disimulan. Nuestra tarea no es grata.

Él siempre me pareció un buen tipo por lo que a mí refleja, aunque a veces me guiñaba un ojo con cierta picardía al salir para el trabajo. Después del último verano, en que lo vi pálido y demacrado, no lo volví a ver más.

Ella era la que más me visitaba, me miraba largamente con sus ojos almendrados y se estiraba los párpados como si yo le fuera a devolver los años que pasaron. En un abrir y cerrar de cosméticos...abracadabra la otra aparecía, aunque a mí no me engaña la belleza de brocha. Sería injusto si no dijera que la vi desesperada, llorando y diciendo palabras irreproducibles, porque aquí en el baño y frente a mí, las personas dicen cosas que en otra parte no dicen; y se mastican el resto en voz baja como si no los escuchara, -…este es un desgraciado y ya me las va a pagar.

El chico apenas pasaba del marco asomando sus ojitos negros transparentes, con cierto dejo de tristeza en los últimos tiempos, sus cejas marcadas y la cicatriz en la frente que dicen le dejó la bicicleta.
El extraño vino un par de veces, a la misma hora, a eso de las tres de la tarde, creo que era de esas personas que nunca se conocen aunque las tengas todo el día enfrente. El último día que lo vi, creo que era de noche, estaba transpirado y en sus ojos había temor, se lavó la cara y por el ruido de la canilla las manos, percibí como si estuviera limpiando el lavatorio o las canillas, no sé bien, pero nada bueno estaba pasando ya que todo sucedió luego de los gritos, antes del silencio.
Estoy cansado de tener cara de azulejo me gustaría volver a ver un rostro pronto.

la cama

Podría escribir una novela de las cosas que pasan sobre mí. Yo contengo el cansancio, horas de amor, desidia, horas de tristeza, rabia, pasión y agrego la última, horas de sangre. Así quedé, así me dejaron. Por mis vivencias puedo ser tanto poética como mordaz. Ellos dejaron aquí su vuelo de enamorados, antes y después del niño, que se colaba entre los dos en noches de tormenta. Siguieron el cansancio y la desidia. El extraño renovó la pasión entre las sábanas y ella borró la tristeza de la almohada.

Presencié sus sueños por las noches, pero esos son secretos que nunca revelaría. El último verano dejó su sudor rojo impregnado en mi cuerpo. Me siento cansada, no me viene mal este silencio... hay gritos que todavía me aturden... hay golpes que todavía me duelen.

Cuando ella regresó aquella noche, él primero le preguntó por el niño, respondió que estaba bien, que lo había llevado de una amiga, que quería volver si la perdonaba. El la insultó, le dijo palabras terribles, pero yo que lo conocía en sueños sabía de su sensibilidad y que la perdonaría, pero después llegó el otro, el extraño y ahí empezaron los gritos y los golpes.

El extraño sacó de entre sus ropas algo punzante y se lanzó sobre él,  cayó sobre mí violentamente, ella corrió la misma suerte y mi cuerpo sintió la tibieza de sus vidas mojando mi presente y mi pasado, como aquellos pétalos de rosas rojas, con que ella me cubrió el día que los conocí.

Desglosada

"en uno que se moría mi propia muerte no vi"
Juan José Saer


Margarita de Vergara, mujer de cabellos prematuramente encanecidos, llevada por los comentarios del último jueves de sus amigos, que como todos los jueves, en el café de la plaza de Córdoba y Jean Jauré se reunían en tertulias literarias, comenzó a internarse en las páginas del libro Glosa, de Saer, aquella mañana del veintitrés de octubre de mil novecientos ochenta y ocho.

Con algo de interés, curiosidad, pero más bien por obligación, ya que su fuerte era la poesía, y para no quedar fuera de las conversaciones de cómo el Leto, protagonista indolente en apariencia, pero según la propia versión del autor "que había sufrido mucho", y el Matemático inmaculado y erudito, caminaban por el centro esa mañana del relato, con sus primeras siete cuadras, cuando Tomatis después se unía hablando del cumpleaños al que el Leto no fue invitado, razón por la cual él, el Leto, quería saber si había sido una omisión de ellos, sus amigos, o quizas de él mismo, que atormentado por sus propios conflictos, escuchaba un tanto ausente los comentarios acerca del cumpleaños, los tres mosquitos de Washington y el caballo de Noca, sumado esto a un transfondo de arenas blancas y entremezclado con Isabél, Lopecito, el garage con las herramientas y el suicidio del hombre.

Ella, Margarita de Vergara, quería dilucidar la trama, para no sentirse ignorante como el Leto frente al Matemático, historia relacionada, con los años trancurridos en esa época de persecuciones y allanamientos que no quería recordar, porque ella, lógicamente, por la edad que tenía, también había vivido con un nudo en la garganta, como todos los que vivimos en este país desde siempre, pero cada vez que tocaban el tema, el dolor parecía no querer desprenderse de su memoria como las olas que sin piedad rompen en la misma roca.

Ensimismada en el lenguaje de las siete cuadras siguientes y las otras siete restantes en que el autor hacía partir a cada personaje según la corriente desatada por los sucesos del relato, centímetro por centímetro, cuadra por cuadra, interminables cuadras llenas de negocios, pero acompañadas por un ir y venir constante de relatos contados desde diferentes suposiciones, acorralada, entre el bolsillo y la pastilla del Leto, que terminaría con su vida, recordaba como ella, Margarita, situada en la misma esquina del protagonista, despedía sin saberlo para siempre, a su amigo del alma, que no era el Matemático, pero con el que había caminado por los setenta y pico, años, días y cuadras juntos.

Desesperada, viendo que el veinticuatro de octubre se había tragado al veintitrés entre las páginas de aquel libro, sí, perdida entre el canto de los pájaros y su chillido frenético de la última hoja, que la llevaba a pensar en la maravillosa verborragia del autor, capaz de ahogarla en sus recuerdos con una catarata alfabética y un clima intenso, tan intenso como aquellos días del Leto, y que ella, amante de poesías volátiles, había tratado de olvidar pero no pudo.

Sin salida, ante aquel mar apalabrado, quedó envuelta en el oleaje, que sin darse cuenta, la convertía en la protagonista de su propio naufragio, es decir, su historia, la de Margarita de Vergara, mujer que en la mañana del veinticinco de octubre de mil novecientos ochenta y ocho, fue hallada sin aliento, entre las páginas desglosadas de un libro y un frasco de pastillas vacío.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

abre la esperanza
su boca rosada
el rocío nocturno la enroja
la cruje la mañana

«...invéntate a tí misma»

Como si nueva
Como si maga
¿Como si Dios?
Y si al inventarme
creída de plumas
sobre el lago de los espejos
veo hundirse en círculos
mi sombra
como una piedra en el agua
porque alguien
como si nuevo
como si mago
como si Dios
disparó al aire
la memoria de mi...
desmadrada
despadrada
descasada
deshojada
desnuda
nuda
no nada
dada toda
demasiado
Trasciendo las fronteras
de esta piel escrita con el alma.
Sangrada en alfabetos milagreros.
De espinas y de gracias.
De silencios propios
y voluntades ajenas.
Lamida de horas sextas
y horas nonas.
Martirio de crepúsculos.
Gozo de lunas.
Regocijo de albas.
Poro a poro me leo
como un libro en las manos del tiempo
que descubre una nueva constelación,
con memoria de caos
y corazón de universo.

Pequeños Universos

Convergemos hacia la espiral del tiempo
que nos marca en cada amanecer
su anhelante latido.
Erráticos de nosotros mismos,
avanzamos y retrocedemos,
buscando a tientas el espejo del camino.

Nos habitan dos colosos en incesante lucha.
Dos, que son tres. Carne y espíritu.
Y la inapelable esencia de Dios
en nuestra propia conciencia.

...Y somos al tiempo, su alimento favorito
...Y somos al camino, sus huellas y sus piedras
...Y a la batalla, pequeños universos
...Y con el juicio en el pulgar, somos a Dios
su envejecido corazón abierto o su niño.
Silenciamos los «por qué»,
los salteamos como vergüenzas
y seguimos adelante con «para qué»,
camino de aprendices,
que suman los días y lavan sus ropas
en las arenas del desierto.
Y si un desvío de la mirada
nos penetra los rincones
y un cierto olor a escombros...
o algún eco de cuerdas rotas
nos hace tropezar;
todos los «para» juntan nuestros pedazos
y los unen y nos levantan,
dejando atrás a esos rebeldes «por qué»
que ya tomaron nuestras sombras.

Y otra vez... a veces, los «para»
batallan con los «por» y los vencen
y uno se queda sin sombras...
Y aprende a no hacer más preguntas

Palabras

Palabras de rescate,
para contestarse las ciénagas,
los hoyos los vértigos.
Palabras que a veces se quiebran
o se anudan entre sí
para no rendirse.
Salvataje entre signos.
Pardas gemas
Sobre espera blanca.
Como el comienzo
O como el fin

Antes de la invernal desnudez

Antes de la invernal desnudez.

Aún ocre rojiza. Aún ardientemente tibia.
Con memoria de piel, de ríos y de veras verdes.
Algo más que la elipsis
que el sonido repetido del tuc tumm del tic tac
tal vez…
un toc toc de asombro
a las puertas de mi enrosado corazón
que me despierte y adrenale
y con alas en mis pies me lleve a abrirla
-Te estaba esperando, diría.