la puerta
Por fin me quitan este papel de encima que tanto me afea. Estoy vestida de acero, con hierros que van de derecha a izquierda y de arriba a abajo con triple cerradura, no me queda mal, me da cierta categoría, pero antes, mucho antes, me dejaban entreabierta y yo soslayaba el sol de la mañana, después, no obstante la sombra de las rejas, la armadura.
Tendrían que haberlo hecho cuando el sabandija me daba de aquí para allá sin piedad, menos mal que tengo vetas de acero que me protegen y los dolores tardan en llegar. Los humanos, advierto que son más débiles, las veces que el pobre hombre me remendaba de tanto portazo y rayón de bicicleta, las veces, otras, que lo vi llorar. Soy testigo de su sudor frente a los ladrillos que me acompañan a ambos lados, de sus tardes de cada verano cuidando las grietas, pintando la fachada, de su fatiga diaria dejada en el umbral de mis pies y su sonrisa sacada del bolsillo antes de entrar, conté cada latido apresurado de sus temores ocultos, también conté latidos extraños llevándose otros latidos. Las puertas como yo, sabemos detenernos a tiempo en los relatos, somos guardianas de pequeños mundos cotidianos.
En este lugar apartado, no hay mucho que mirar ni que escuchar, no se ven demasiadas casas, demasiado nada. No sé si este silencio de siesta pueblerina y esta pulcra solemnidad de mi armadura, serán suficiente compañía.
el sillón
Estoy bajando de peso, me queda grande la ropa y el polvillo me hace estornudar a cada rato. Dónde quedó la esmerada atención de esas manos suaves que me desempolvaban todos los días, que quitaban mis manchas y rocíaban el aire con perfume a lavanda, dónde la música, la tevé encendida, los juguetes, la charla de sobremesa aquí en el living, el olor a café...mmmhhhh!
Todo ahora es melancolía y gusto amargo, el mismo que dejó el verano. Yo no soy muy discreto, estoy acostumbrado a las palabras y a los secretos, aunque no tanto como las camas, esas sí que tienen para contar.
Ya me imaginaba cuando llegó el extraño que algo iba a pasar, se sentaban los dos sobre mis almohadones, retozaban como adolescentes, me mojaban con su sudor y el calor se apoderaba de mi cuerpo y de mis brazos. Eso vaya y pase en invierno, pero en verano era insoportable. Después se iban los dos para el dormitorio y antes que regresara el niño del colegio se marchaba como un ladrón, un par de horas más tarde llegaba él. Retrato de familia parecían todos encima mío viendo el televisor!
Cerca del final del verano, él se ausentó unos días, aquí no se hablaron los motivos, pero una noche entró el extraño a hurtadillas y al rato nomás se fue con ella y el niño llevando unas valijas. Al día siguiente el teléfono sonó sin parar y sin que nadie lo atendiera, sonó y sonó hasta aturdir toda la casa. Cuando él llegó parecía una sombra, arrastró sus pies llamándolos por toda la casa, y se tiró encima mío, por primera vez me dio lástima el pobre, sus ojos estaban perdidos. Así llegó la noche y se quedó dormido.
En la mañana, llamó desde aquí al trabajo y por varios días salía como un loco y volvía a entrar vencido. Vinieron unos señores y hablaban del niño y de ella repitiendo las mismas frases como si él fuera un tonto que no entendía nada.
Una semana más tarde ella regresó, los gritos sacudieron la casa, parecían venir del dormitorio. A partir de aquel momento todo fue confusión, gente que entraba y salía. Después vino el silencio, en realidad lo odio, viene y se instala adueñándose de toda la casa, ni siquiera me prende el televisor.
la cocina
Estoy sintiendo frío, cuánto hace que no me encienden, yo que soy tan cálida. Cómo la extraño, a él no, a decir verdad apenas lo veía, a veces levantaba la tapa de alguna olla o hacía café, nada más.
Al principio el pequeño ni se acercaba pero lo escuchaba hablar con su madre, cantar juntos, escribir sobre la mesa que está enfrente y a medida que fue creciendo ella le enseñó a calentarse la leche cuando venía de la escuela. Así lo hacía también cuando ella estaba en su dormitorio y desde allí le gritaba. Cerrá bien la llave! Tené cuidado con el fuego!. No sé si estaba enferma o llorando, porque aquí, también la vi llorando.
Fue en el último verano, apenas comenzaba. Después de cenar ella le reprochaba un papel que había encontrado en su saco, él le decía que no, que eran suposiciones, se rompió un plato y el chico entró asustado, todo fue una cosa desagradable que terminó desbordando la pileta. Un caos, un verdadero caos que no estaba acostumbrada a presenciar. A partir ese día, ella cambió y todo cambió. Por un tiempo lo vi sólo a él, bastante apesadumbrado, me dejó los quemadores sucios, no fue capaz de pasarme un trapito.
Que frío! ¡Qué frías somos las cocinas sin la mano que nos enciende! Tenemos blancura de heladera.
el espejo del baño
Los espejos guardamos más de un rostro de cada uno, el primero a cara lavada, el otro con afeites. En realidad somos despiadados con los dos, les mostramos la realidad que vemos, ellos sólo ven lo que quieren ver y lo que no les gusta lo disimulan. Nuestra tarea no es grata.
Él siempre me pareció un buen tipo por lo que a mí refleja, aunque a veces me guiñaba un ojo con cierta picardía al salir para el trabajo. Después del último verano, en que lo vi pálido y demacrado, no lo volví a ver más.
Ella era la que más me visitaba, me miraba largamente con sus ojos almendrados y se estiraba los párpados como si yo le fuera a devolver los años que pasaron. En un abrir y cerrar de cosméticos...abracadabra la otra aparecía, aunque a mí no me engaña la belleza de brocha. Sería injusto si no dijera que la vi desesperada, llorando y diciendo palabras irreproducibles, porque aquí en el baño y frente a mí, las personas dicen cosas que en otra parte no dicen; y se mastican el resto en voz baja como si no los escuchara, -…este es un desgraciado y ya me las va a pagar.
El chico apenas pasaba del marco asomando sus ojitos negros transparentes, con cierto dejo de tristeza en los últimos tiempos, sus cejas marcadas y la cicatriz en la frente que dicen le dejó la bicicleta.
El extraño vino un par de veces, a la misma hora, a eso de las tres de la tarde, creo que era de esas personas que nunca se conocen aunque las tengas todo el día enfrente. El último día que lo vi, creo que era de noche, estaba transpirado y en sus ojos había temor, se lavó la cara y por el ruido de la canilla las manos, percibí como si estuviera limpiando el lavatorio o las canillas, no sé bien, pero nada bueno estaba pasando ya que todo sucedió luego de los gritos, antes del silencio.
Estoy cansado de tener cara de azulejo me gustaría volver a ver un rostro pronto.
la cama
Podría escribir una novela de las cosas que pasan sobre mí. Yo contengo el cansancio, horas de amor, desidia, horas de tristeza, rabia, pasión y agrego la última, horas de sangre. Así quedé, así me dejaron. Por mis vivencias puedo ser tanto poética como mordaz. Ellos dejaron aquí su vuelo de enamorados, antes y después del niño, que se colaba entre los dos en noches de tormenta. Siguieron el cansancio y la desidia. El extraño renovó la pasión entre las sábanas y ella borró la tristeza de la almohada.
Presencié sus sueños por las noches, pero esos son secretos que nunca revelaría. El último verano dejó su sudor rojo impregnado en mi cuerpo. Me siento cansada, no me viene mal este silencio... hay gritos que todavía me aturden... hay golpes que todavía me duelen.
Cuando ella regresó aquella noche, él primero le preguntó por el niño, respondió que estaba bien, que lo había llevado de una amiga, que quería volver si la perdonaba. El la insultó, le dijo palabras terribles, pero yo que lo conocía en sueños sabía de su sensibilidad y que la perdonaría, pero después llegó el otro, el extraño y ahí empezaron los gritos y los golpes.
El extraño sacó de entre sus ropas algo punzante y se lanzó sobre él, cayó sobre mí violentamente, ella corrió la misma suerte y mi cuerpo sintió la tibieza de sus vidas mojando mi presente y mi pasado, como aquellos pétalos de rosas rojas, con que ella me cubrió el día que los conocí.