martes, 13 de marzo de 2012

Comparaciones

A veces somos como las vocales que ampliamente se arrojan de la boca, llevamos implícitos todos los signos, casi modulando  la vida. Otras veces,  nos cerramos y somos consonantes jugando  puertas adentro en la lengua o masticadas entre los dientes, allí un eco rumiante e indigerible puede llegarnos al estómago y anudarlas entre sí, salvo que las vocales oportunamente entrometidas las salven a tiempo.

Otras, buscadas o temidas,  asaltan en la página de la vida como espacios blancos, aún voluptuosos de palabras escondidas,  que son capaces de ver la luz o sumirse en la desesperada búsqueda de darnos  sentido.

Las palabras en cambio cuando se comparan a nosotros ahondan más profundo. Ellas bucean en  las aguas del espíritu, se buscan, se encuentran, se aparean y renacen en una nueva formación que da sentido a su vida. Y en esta  alquimia circular, darles cabida.


miércoles, 22 de diciembre de 2010

Náufragos de otoño (fragmento)

Después de cinco años desperté aquellas sensaciones silenciadas para sobrevivir. Tanta herida para nada, tanta cicatriz para qué. Una mujer que se lee vestida de palabras para que nadie mire corazón adentro.


Como pétalos olvidados en un libro, así dejé el amar moroso amar de a mares. Y un día desperté con los signos puestos... ¿Quién me escribe la piel? ¿Quién me pinta paisajes en la mirada? ¿Quién me talla la cintura al borde de los labios y desdibuja mis cabellos con sus manos de pájaro o de viento?


Al abrir mi nueva mirada, encontré cáscaras de amor por todas partes, un paréntesis de historia entre el hombre y la mujer… Era líquida la llaman. Se deshielan los polos, se deshacen los bosques en las bocas calientes de infames llamas, hambrea el alma por todas partes y a mí se me ocurre renacer otra vez. ¿Medio disuelta, líquida tal vez? ¿Con el corazón hambriento también? ¿Con alguna ceniza encendida?


Un poema que escribí decía “Vendo urgente corazón desocupado…” y alguien me dijo, el corazón no se vende se alquila. Tenía razón, tenemos un único corazón, podemos tener inquilinos en él (aunque no sea romántico, aunque quede mejor decir te di mi corazón), pero siempre será nuestro.


Me pregunté cómo hace una mujer en su otoño, avanzada la tarde, para buscar algún náufrago que busque también una isla donde aferrarse. Y no pido ni pedimos mucho, restos para rehacer, como venidos de batallas en el mar de todos los sentimientos.


¿Qué quiere el hombre? ¿Qué quiere la mujer? Creo que en el fondo coincidimos quizás sin saberlo a conciencia. Buscamos volver a amar y ser amados. Esa es la estrategia invalidada por las tácticas de pasar buenos momentos… compartir sueños de cama… ¿Dejamos de creer en el amor? ¿Tan líquidos estamos? Poca consistencia para amar…


Globales apariencias de otoño, escaramuzas de la palabra, artilugios de los despojados, un buscarse y perderse… Los náufragos tenemos los pulmones llenos de escamas que hicieron cruces en la memoria, por eso sabemos cuando alguien se acerca a las heridas, sabemos lo que sí queremos y lo que no, y si alguien se acerca a lo que no, un alerta suena a radar abierto cerrando puentes, clausurando la esperanza.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Millones de veces uno

   Nos estamos acostumbrando a hablar de millones de cosas, millones de pesos, de internautas, de seres humanos, seres vivos. Incrementamos nuestro vocabulario globalizado en innumerables palabras. Día a día crecemos.


   Para llegar a 1.000.000 siempre comenzamos por 1, ese uno tan importante que da lugar a cifras incontrolables en nuestra mente. Todo entra en la nebulosa global de los ceros que pueblan el pensamiento. Así ante los finitos números que buscan su horizonte infinito, la conciencia del uno pierde su valor, porque nos referimos a millones que conforman una gigantesca base de datos, un porcentaje del todo.


   Cuando hablamos de seres humanos, podemos aceptar los números si nos preservamos de mensajes que van quedando como naturales, cuando no lo son. En el hombre, ser indivisible de su espíritu, uno y uno y uno y millones de veces uno, siempre es uno; valor intrínseco que hoy no sabe que lugar ocupa en el mundo, pero que en su pequeño corazón, es capaz de albergar universos.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Decidida a todo


Iba decidida a todo, con mi vocación de sombra y mi actitud de silencio guardadas en la caja fuerte del analista. Ahora sí, podría decir todo lo que me había guardado en los últimos tiempos, que eran nada más y nada menos, que los últimos cinco años de mi vida.


LLevando al pie de la letra lo recomendado en la última sesión, me arreglé como para matar de un infarto al que se me cruzara en el camino. Creo que exageré un poco, pero ese vestido negro de lycra, un talle más chico, que le había sacado del placard a una de mis hijas, el pelo recogido y desmechado, los labios rojos y las pestañas postizas que me había comprado para la última fiesta, me daban valor para enfrentarlo.


Ya no sería la idiota que se las tragaba todas; la muda que miraba desconcertada el reloj, cada vez que llegaba a las dos de la mañana de sus reuniones de negocios, cansado como trapo de piso que embebió champagne derramado. No, el analista me había dicho, que para demostrar que estaba curada, debía resolver antes que nada esta situación, según él, ambigua y que terminaría por destruirme. El me había preparado para resolver cualquier situación, y éste era el momento de demostrarlo. Un toque de perfume detrás de las orejas y lista, al salir paré un taxi.

El taxista, no dejaba de mirarme de reojo por el espejito, que dobló hacia abajo para ver lo que me faltaba de pollera. Recordé entonces la canción de Arjona cuando dice que le vio las pantorrillas... y algo maaaaaas.


Al llegar a Corrientes, sentí como si el vestido me quedara grande, no podía ser que adelgazara tanto de los nervios. Con mi mano toque la espalda y las costuras del vestido habían desaparecido, en su lugar, el ganchito del corpiño, la piel, y la vedetina de encaje negro completaban el diseño. Hubiese querido morirme de no ser porque aún no terminaba de demostrar nada.


-Dónde le paro? dijo amablemente el taxista.


-Volvamos a Belgrano, le contesté, mientras imaginaba cómo podría bajar del coche sin que nadie viera lo que me había ocurrido. En casa no había nadie a esa hora. Pensé en mi amiga Delia, pero estaba trabajando. Por segunda vez en el día, me armé de coraje y le comenté al taxista lo sucedido,  él, muy creativo, se ofreció a hacer de sombra pegadito a mi espalda.


Mi cita era a las siete y eran casi las nueve cuando mi marido llamó, más enojado que preocupado. Al notar mi risa y mi soltura, no creyó para nada lo que me había pasado, entonces le dí con Carlos, el taxista, para que le relatara lo sucedido.

" No puedo decir que me besó hasta la alfombra

y algo maaaaaaaaas... "

La Noche del Negro

Negro el diecisiete...dijo el groupie, y volvieron a brillar las estrellitas sobre la piel noche del Negro. Otra vuelta como ésta y safo por unos meses, se dijo.

La pasión por el juego lo llevaba a pasar largas horas especulando entre colores plenos pares e impares. Esa noche, como todos los viernes desde hacía no sé cuantos años, tenía el presentimiento que era "la noche", lástima que José, su inseparable compañero de juego, se había enfermado. Qué boludo lo que se pierde por una gripe, pensó. Mientras recordaba a Rosita, pobrecita, ella siempre tan paciente, esperándolo levantada hasta cualquier hora se colgaba de su cuello y jugueteaba como una adolescente, revisándole los bolsillos con los pantalones aún puestos, juego que el Negro tomaba como un preludio sexual.

Con una fe ciega en la bola de madera, cubrió el treinta a pleno, los años de ella, a la que pensaba sorprender con una lluvia de billetes.


- Colorado el treinta.....


- Siiiiiiiii!! No podía menos, fue ella la de la suerte, cuando se entere se va a poner loca! Gritó a viva vos.

Serían las cinco, cuando llegó a su departamentito del último piso de la Avenida Luro, el tercero que cambiaban en un año desde aquel fabuloso chalet del Faro, reduciéndose en espacio y categoría cada vez más ante la pérdida del dinero heredado de su padre y éste de su abuelo. Generaciones de emprendedores, de trabajadores de sol a sol, el mismo que dejó de ver cuando conoció a Rosita. Se la pasaban durmiendo, salvo los domingos que iban a la playa, para que ella provocándolo sólo a él, como le decía cuando los celos se hacían visibles en forma de humeante chimenea que le quemaba los bigotes, luciera su cuerpo desnudo adornado por una diminuta bikini, que de atrás parecía haberse ocultado de verguenza entre sus suculentas formas.


Al poner la llave en la puerta, con los bolsillos colmados de billetes que caían inescrupulosamente al suelo, y que levantaba uno por uno, fue sorprendido por un profundo silencio.


- Pobrecita, pensó, se quedó dormida. Y ensayó toda clase de ruidos, para que se despertara. El único despabilado con el bochinche fue él, el único que estaba en la casa.


Salió a la calle, tiró la caja de cigarrillos vacíos y trató de buscar algún lugar para comprar. Se subió al coche, mientras pensaba dónde podría estar Rosita. Pasó de largo unos cuantos kioscos, cruzó sin darse cuenta el paso a nivel confundido contento rabioso desconcertado. Del otro lado de las vías, compró los cigarrillos.


Al volver, los brazos de la barrera se cerraron y tuvo que esperar, miró a su alrededor, la calle era un desierto, a no ser por las lucecitas rojas de uno de esos lugares que buscan los pasajes y las calles oscuras y, en los que el amor tiene un par de horas prestadas.


- Ahí salen dos, se dijo.


El cigarrillo se consumía en sus dedos, como sus pensamientos acerca de ella y del tren que no venía.


- Ahí salen otros dos...Parece que la noche está calurosa. -


El tren pitaba cada vez más cerca.


- Otros dos, qué movida! Pero si parece el auto de José. Sí, es!. Así que enfermo, lo que se perdió...


Pasó la barrera, dio unas vueltas y regresó al departamento, ya estaba amaneciendo.


Estacionó en la puerta del edificio, en el mismo momento en que el coche de José arrancaba, y ella, la pobrecita reverendísima... se decía, entraba.


Se quedó en el auto unos minutos. Subió al ascensor impregnado por su perfume que ahora le daba nauseas. Apretó el botón y los dientes. Entró en el departamento, asqueado fue directo al baño, se lavó la boca como borrándose los labios.


Ella hizo como si lo hubiese estado esperando ansiosa, intentó hacer el juego que le gustaba, se quitó la ropa y se acercó despacio. El, se dejaba hacer.


Los ojos por demás elocuentes del Negro, la hicieron temblar.


Sin dejar de mirarla, con el gusto aún ácido y amargo, la fue arrinconando hacia la ventana abierta.


Una lluvia de billetes morados se precipitaba sobre las baldosas recién amanecidas, algunos como por vergüenza, cubrían el cuerpo desnudo de la pobrecita.













jueves, 4 de noviembre de 2010

Amores desencontrados

La voluptuosidad de la noche ronda sus manos llenas de caricias. Una noche más que vacía su contenido en la piel blanca de una hoja vidriada, y sus dedos se deslizan por las teclas con la pasión intacta, inquietos y húmedos de memoria, enredándose en las líneas de vellos tipográficos. Dibuja en el recorrido, el cuerpo del amor que vibra dando aullidos, perdiéndose en el aliento cercano de su boca. Una noche interminable eriza los poros venerada por la música de sus latidos y ella se siente casi infiel, protagonizando otras historias quizás semejantes a la suya, quizás, la nunca vivida.


En algún otro lugar de la ciudad aquellos labios tan suyos, mojados en champagne, buscan la novísima exitación de los sentidos. Un algo diferente a la rutina de la que huye, como soldado asustado de una larga guerra de la que los dos son víctimas. El buscará la complicidad de una mirada extraña que lo lleve a la profundidad de mares desconocidos, que tal vez no se atreverá a explorar, porque lleva el reflejo de otros ojos destellando en los suyos, pero vale el intento de bordear el límite de lo prohibido. Y volverá con un cansancio nuevo y misterioso esperando que no haga preguntas tontas e inevitables.


Ella fingirá una sonrisa que ignora ese afán de conquista. Dirá que también está cansada. Y se dormirán como amantes inconfesos que no violan el espacio pactado, guardando en el sueño sus secretos, que tarde o temprano serán los testigos de la sentencia.


El veredicto está dictado en amores como éstos. Porque estamos en la era en que la comunicación, salvo vía satélite o por cables, es el peor de los pecados, es confesarse humanos, diría... débiles humanos. Un error del marketing personal, área reservada sólo para grandes proyectos empresariales de la aldea global. Pero en el minúsculo compartimiento donde vibran sus almas, el caos reina en silencio. Se amarán secretamente para toda la vida, teniéndolo todo y no teniendo, sintiendo como sin sentirlo. Conscientes de ello vivirán así, hasta que la muerte, lectora incansable de Sheakespeare, los vuelva a unir avergonzados...

jueves, 16 de septiembre de 2010

Personaje de Telenovela

Mamá servía el desayuno mientras papá leía el diario (yo creo que algún día le va a servir el café sobre las noticias, cada día está más distraída).

Ella vive en su mundo de telenovelas y fantasías. Si la serie es divertida, ese día nos reímos todos, su buen humor pasea por toda la casa y nos envuelve una brisa fresca que predispone a las sonrisas. Pero cuando algún personaje traiciona a la protagonista...pobre papá! Apenas llega, lo huele y sospecha cada frase, cada excusa.

Papá le pidió que buscara de hacer un tallercito, gimnasia, cualquier cosita que la distraiga de tanta fantasía, pero es lo mismo que nada. Reconozco que pasa muchas horas sola, pero está tan ausente a veces... Cuando terminamos de desayunar estaba muy pálida, casi traslúcida, al menos para papá, que puso atención cuando le quité el diario de las manos.

Llamamos al médico, pero ya había perdido el conocimiento. El no encontraba explicación a su estado, preguntó si había tenido algún disgusto, pero no, a no ser que en la telenovela....y se me ocurrió llamar a tía Alicia, que tiene su misma pasión. - Alejandra se está muriendo porque Damián la dejó... - Está bien tía, después te cuento.

Pasó casi un mes desde el desmayo, mamá es como una sombra en la casa y eso que la novela terminó como todas, con un final feliz. No puedo entender esa locura por las historias de otros, como me cuesta entender por qué papá se fue a vivir con tía Alicia.

Caminando juntas

Una vena blanca sobre la piel
repentínamente oscura
de la tarde


Las últimas gotas están cayendo sobre el parabrisas del taxi que me conduce a casa, y no sé si será el cansancio que me diluye sobre él, o que es demasiado mullido. Pero siento que hoy fue un día de otra vida o que estoy viviendo con una piel prestada.
Para poder volver a verte, cuando más lo necesitabas, estando a quince minutos, tardé más de dos horas largas. Siendo porteña me perdí en Buenos Aires, en el cinturón que separa el torso inquieto de una ciudad loca, de las caderas suburbanas. Buscamos la Panamericana por toda la General Paz y recién en la Richieri nos dimos cuenta, que si seguíamos, jamás la ibamos a encontrar. ¿No es poético perderse acaso?. Lo hice muchas veces en prosa o en verso, pero de verdad, no lo habría imaginado. No sabía si volver a casa, pero mi corazón que casi nunca se equivoca, ya estaba con vos, decidí seguirlo y por fin llegué.

En la puerta me estabas esperando, con la misma sonrisa de mamá. Si hasta retaste al taxista que sólo sabía pedir disculpas, (el pobre hacía unos meses que venía del interior y no supo decir que no conocía) y yo, que soy apalabrada para las estrellas pero salame para el asfalto..., en fin, lo importante es que estábamos juntas. Dos mates apurados, y salimos a ver al Doctor. Todo fue muy rápido, miró los estudios y programó la operación para el jueves. Sólo falta el resultado de la biopsia dijo, y preparó todo ese confuso papeleo de internación.

Después nos fuimos caminando hasta tu casa, bajo las dos lluvias, la que nos mojaba los pies y la cara, y la que sentíamos al mismo tiempo, mojándonos otra vez la vida. Puse mis manos en tu hombro, recordando a mamá en sus últimas palabras, cuidá a papá y a tu hermana. Papá ya no está, y en mi arco iris natal, me quedás vos. Caminamos entre llantos y risas, que nunca nos faltan cuando estamos juntas, porque encontramos la risa en un charco, y si no tenemos de qué reirnos, algún recuerdo siempre nos hace cosquillas, y la gente no entiende las lágrimas de payaso con sonrisas mezcladas que tenemos.

Hoy no fue tan importante para mí si los chicos se mojaron al salir del colegio, y no los fui a buscar con paraguas de mamá, hoy lo más importante fue caminar esas cuadras juntas, aunque me haya perdido, aunque sienta que la lluvia, otra vez, pasó debajo de mi piel.

Relato de una casa

la puerta


Por fin me quitan este papel de encima que tanto me afea. Estoy vestida de acero, con hierros que van de derecha a izquierda y de arriba a abajo con triple cerradura, no me queda mal, me da cierta categoría, pero antes, mucho antes, me dejaban entreabierta y yo soslayaba el sol de la mañana, después, no obstante la sombra de las rejas, la armadura.

Tendrían que haberlo hecho cuando el sabandija me daba de aquí para allá sin piedad, menos mal que tengo vetas de acero que me protegen y los dolores tardan en llegar. Los humanos, advierto que son más débiles, las veces que el pobre hombre me remendaba de tanto portazo y rayón de bicicleta, las veces, otras, que lo vi llorar. Soy testigo de su sudor frente a los ladrillos que me acompañan a ambos lados, de sus tardes de cada verano cuidando las grietas, pintando la fachada, de su fatiga diaria dejada en el umbral de mis pies y su sonrisa sacada del bolsillo antes de entrar, conté cada latido apresurado de sus temores ocultos, también conté latidos extraños llevándose otros latidos. Las puertas como yo, sabemos detenernos a tiempo en los relatos, somos guardianas de pequeños mundos cotidianos.

En este lugar apartado, no hay mucho que mirar ni que escuchar, no se ven demasiadas casas, demasiado nada. No sé si este silencio de siesta pueblerina y esta pulcra solemnidad de mi armadura, serán suficiente compañía.


el sillón

Estoy bajando de peso, me queda grande la ropa y el polvillo me hace estornudar a cada rato. Dónde quedó la esmerada atención de esas manos suaves que me desempolvaban todos los días, que quitaban mis manchas y rocíaban el aire con perfume a lavanda, dónde la música, la tevé encendida, los juguetes, la charla de sobremesa aquí en el living, el olor a café...mmmhhhh!

Todo ahora es melancolía y gusto amargo, el mismo que dejó el verano. Yo no soy muy discreto, estoy acostumbrado a las palabras y a los secretos, aunque no tanto como las camas, esas sí que tienen para contar.

Ya me imaginaba cuando llegó el extraño que algo iba a pasar, se sentaban los dos sobre mis almohadones, retozaban como adolescentes, me mojaban con su sudor y el calor se apoderaba de mi cuerpo y de mis brazos. Eso vaya y pase en invierno, pero en verano era insoportable. Después se iban los dos para el dormitorio y antes que regresara el niño del colegio se marchaba como un ladrón, un par de horas más tarde llegaba él. Retrato de familia parecían todos encima mío viendo el televisor!

Cerca del final del verano, él se ausentó unos días, aquí no se hablaron los motivos, pero una noche entró el extraño a hurtadillas y al rato nomás se fue con ella y el niño llevando unas valijas. Al día siguiente el teléfono sonó sin parar y sin que nadie lo atendiera, sonó y sonó hasta aturdir toda la casa. Cuando él llegó parecía una sombra, arrastró sus pies llamándolos por toda la casa, y se tiró encima mío, por primera vez me dio lástima el pobre, sus ojos estaban perdidos. Así llegó la noche y se quedó dormido.

En la mañana, llamó desde aquí al trabajo y por varios días salía como un loco y volvía a entrar vencido. Vinieron unos señores y hablaban del niño y de ella repitiendo las mismas frases como si él fuera un tonto que no entendía nada.

Una semana más tarde ella regresó, los gritos sacudieron la casa, parecían venir del dormitorio. A partir de aquel momento todo fue confusión, gente que entraba y salía. Después vino el silencio, en realidad lo odio, viene y se instala adueñándose de toda la casa, ni siquiera me prende el televisor.


la cocina

Estoy sintiendo frío, cuánto hace que no me encienden, yo que soy tan cálida. Cómo la extraño, a él no, a decir verdad apenas lo veía, a veces levantaba la tapa de alguna olla o hacía café, nada más.

Al principio el pequeño ni se acercaba pero lo escuchaba hablar con su madre, cantar juntos, escribir sobre la mesa que está enfrente y a medida que fue creciendo ella le enseñó a calentarse la leche cuando venía de la escuela. Así lo hacía también cuando ella estaba en su dormitorio y desde allí le gritaba. Cerrá bien la llave! Tené cuidado con el fuego!. No sé si estaba enferma o llorando, porque aquí, también la vi llorando.

Fue en el último verano, apenas comenzaba. Después de cenar ella le reprochaba un papel que había encontrado en su saco, él le decía que no, que eran suposiciones, se rompió un plato y el chico entró asustado, todo fue una cosa desagradable que terminó desbordando la pileta. Un caos, un verdadero caos que no estaba acostumbrada a presenciar. A partir ese día, ella cambió y todo cambió. Por un tiempo lo vi sólo a él, bastante apesadumbrado, me dejó los quemadores sucios, no fue capaz de pasarme un trapito.
Que frío! ¡Qué frías somos las cocinas sin la mano que nos enciende! Tenemos blancura de heladera.


el espejo del baño

Los espejos guardamos más de un rostro de cada uno, el primero a cara lavada, el otro con afeites. En realidad somos despiadados con los dos, les mostramos la realidad que vemos, ellos sólo ven lo que quieren ver y lo que no les gusta lo disimulan. Nuestra tarea no es grata.

Él siempre me pareció un buen tipo por lo que a mí refleja, aunque a veces me guiñaba un ojo con cierta picardía al salir para el trabajo. Después del último verano, en que lo vi pálido y demacrado, no lo volví a ver más.

Ella era la que más me visitaba, me miraba largamente con sus ojos almendrados y se estiraba los párpados como si yo le fuera a devolver los años que pasaron. En un abrir y cerrar de cosméticos...abracadabra la otra aparecía, aunque a mí no me engaña la belleza de brocha. Sería injusto si no dijera que la vi desesperada, llorando y diciendo palabras irreproducibles, porque aquí en el baño y frente a mí, las personas dicen cosas que en otra parte no dicen; y se mastican el resto en voz baja como si no los escuchara, -…este es un desgraciado y ya me las va a pagar.

El chico apenas pasaba del marco asomando sus ojitos negros transparentes, con cierto dejo de tristeza en los últimos tiempos, sus cejas marcadas y la cicatriz en la frente que dicen le dejó la bicicleta.
El extraño vino un par de veces, a la misma hora, a eso de las tres de la tarde, creo que era de esas personas que nunca se conocen aunque las tengas todo el día enfrente. El último día que lo vi, creo que era de noche, estaba transpirado y en sus ojos había temor, se lavó la cara y por el ruido de la canilla las manos, percibí como si estuviera limpiando el lavatorio o las canillas, no sé bien, pero nada bueno estaba pasando ya que todo sucedió luego de los gritos, antes del silencio.
Estoy cansado de tener cara de azulejo me gustaría volver a ver un rostro pronto.

la cama

Podría escribir una novela de las cosas que pasan sobre mí. Yo contengo el cansancio, horas de amor, desidia, horas de tristeza, rabia, pasión y agrego la última, horas de sangre. Así quedé, así me dejaron. Por mis vivencias puedo ser tanto poética como mordaz. Ellos dejaron aquí su vuelo de enamorados, antes y después del niño, que se colaba entre los dos en noches de tormenta. Siguieron el cansancio y la desidia. El extraño renovó la pasión entre las sábanas y ella borró la tristeza de la almohada.

Presencié sus sueños por las noches, pero esos son secretos que nunca revelaría. El último verano dejó su sudor rojo impregnado en mi cuerpo. Me siento cansada, no me viene mal este silencio... hay gritos que todavía me aturden... hay golpes que todavía me duelen.

Cuando ella regresó aquella noche, él primero le preguntó por el niño, respondió que estaba bien, que lo había llevado de una amiga, que quería volver si la perdonaba. El la insultó, le dijo palabras terribles, pero yo que lo conocía en sueños sabía de su sensibilidad y que la perdonaría, pero después llegó el otro, el extraño y ahí empezaron los gritos y los golpes.

El extraño sacó de entre sus ropas algo punzante y se lanzó sobre él,  cayó sobre mí violentamente, ella corrió la misma suerte y mi cuerpo sintió la tibieza de sus vidas mojando mi presente y mi pasado, como aquellos pétalos de rosas rojas, con que ella me cubrió el día que los conocí.

Desglosada

"en uno que se moría mi propia muerte no vi"
Juan José Saer


Margarita de Vergara, mujer de cabellos prematuramente encanecidos, llevada por los comentarios del último jueves de sus amigos, que como todos los jueves, en el café de la plaza de Córdoba y Jean Jauré se reunían en tertulias literarias, comenzó a internarse en las páginas del libro Glosa, de Saer, aquella mañana del veintitrés de octubre de mil novecientos ochenta y ocho.

Con algo de interés, curiosidad, pero más bien por obligación, ya que su fuerte era la poesía, y para no quedar fuera de las conversaciones de cómo el Leto, protagonista indolente en apariencia, pero según la propia versión del autor "que había sufrido mucho", y el Matemático inmaculado y erudito, caminaban por el centro esa mañana del relato, con sus primeras siete cuadras, cuando Tomatis después se unía hablando del cumpleaños al que el Leto no fue invitado, razón por la cual él, el Leto, quería saber si había sido una omisión de ellos, sus amigos, o quizas de él mismo, que atormentado por sus propios conflictos, escuchaba un tanto ausente los comentarios acerca del cumpleaños, los tres mosquitos de Washington y el caballo de Noca, sumado esto a un transfondo de arenas blancas y entremezclado con Isabél, Lopecito, el garage con las herramientas y el suicidio del hombre.

Ella, Margarita de Vergara, quería dilucidar la trama, para no sentirse ignorante como el Leto frente al Matemático, historia relacionada, con los años trancurridos en esa época de persecuciones y allanamientos que no quería recordar, porque ella, lógicamente, por la edad que tenía, también había vivido con un nudo en la garganta, como todos los que vivimos en este país desde siempre, pero cada vez que tocaban el tema, el dolor parecía no querer desprenderse de su memoria como las olas que sin piedad rompen en la misma roca.

Ensimismada en el lenguaje de las siete cuadras siguientes y las otras siete restantes en que el autor hacía partir a cada personaje según la corriente desatada por los sucesos del relato, centímetro por centímetro, cuadra por cuadra, interminables cuadras llenas de negocios, pero acompañadas por un ir y venir constante de relatos contados desde diferentes suposiciones, acorralada, entre el bolsillo y la pastilla del Leto, que terminaría con su vida, recordaba como ella, Margarita, situada en la misma esquina del protagonista, despedía sin saberlo para siempre, a su amigo del alma, que no era el Matemático, pero con el que había caminado por los setenta y pico, años, días y cuadras juntos.

Desesperada, viendo que el veinticuatro de octubre se había tragado al veintitrés entre las páginas de aquel libro, sí, perdida entre el canto de los pájaros y su chillido frenético de la última hoja, que la llevaba a pensar en la maravillosa verborragia del autor, capaz de ahogarla en sus recuerdos con una catarata alfabética y un clima intenso, tan intenso como aquellos días del Leto, y que ella, amante de poesías volátiles, había tratado de olvidar pero no pudo.

Sin salida, ante aquel mar apalabrado, quedó envuelta en el oleaje, que sin darse cuenta, la convertía en la protagonista de su propio naufragio, es decir, su historia, la de Margarita de Vergara, mujer que en la mañana del veinticinco de octubre de mil novecientos ochenta y ocho, fue hallada sin aliento, entre las páginas desglosadas de un libro y un frasco de pastillas vacío.