miércoles, 17 de noviembre de 2010

La Noche del Negro

Negro el diecisiete...dijo el groupie, y volvieron a brillar las estrellitas sobre la piel noche del Negro. Otra vuelta como ésta y safo por unos meses, se dijo.

La pasión por el juego lo llevaba a pasar largas horas especulando entre colores plenos pares e impares. Esa noche, como todos los viernes desde hacía no sé cuantos años, tenía el presentimiento que era "la noche", lástima que José, su inseparable compañero de juego, se había enfermado. Qué boludo lo que se pierde por una gripe, pensó. Mientras recordaba a Rosita, pobrecita, ella siempre tan paciente, esperándolo levantada hasta cualquier hora se colgaba de su cuello y jugueteaba como una adolescente, revisándole los bolsillos con los pantalones aún puestos, juego que el Negro tomaba como un preludio sexual.

Con una fe ciega en la bola de madera, cubrió el treinta a pleno, los años de ella, a la que pensaba sorprender con una lluvia de billetes.


- Colorado el treinta.....


- Siiiiiiiii!! No podía menos, fue ella la de la suerte, cuando se entere se va a poner loca! Gritó a viva vos.

Serían las cinco, cuando llegó a su departamentito del último piso de la Avenida Luro, el tercero que cambiaban en un año desde aquel fabuloso chalet del Faro, reduciéndose en espacio y categoría cada vez más ante la pérdida del dinero heredado de su padre y éste de su abuelo. Generaciones de emprendedores, de trabajadores de sol a sol, el mismo que dejó de ver cuando conoció a Rosita. Se la pasaban durmiendo, salvo los domingos que iban a la playa, para que ella provocándolo sólo a él, como le decía cuando los celos se hacían visibles en forma de humeante chimenea que le quemaba los bigotes, luciera su cuerpo desnudo adornado por una diminuta bikini, que de atrás parecía haberse ocultado de verguenza entre sus suculentas formas.


Al poner la llave en la puerta, con los bolsillos colmados de billetes que caían inescrupulosamente al suelo, y que levantaba uno por uno, fue sorprendido por un profundo silencio.


- Pobrecita, pensó, se quedó dormida. Y ensayó toda clase de ruidos, para que se despertara. El único despabilado con el bochinche fue él, el único que estaba en la casa.


Salió a la calle, tiró la caja de cigarrillos vacíos y trató de buscar algún lugar para comprar. Se subió al coche, mientras pensaba dónde podría estar Rosita. Pasó de largo unos cuantos kioscos, cruzó sin darse cuenta el paso a nivel confundido contento rabioso desconcertado. Del otro lado de las vías, compró los cigarrillos.


Al volver, los brazos de la barrera se cerraron y tuvo que esperar, miró a su alrededor, la calle era un desierto, a no ser por las lucecitas rojas de uno de esos lugares que buscan los pasajes y las calles oscuras y, en los que el amor tiene un par de horas prestadas.


- Ahí salen dos, se dijo.


El cigarrillo se consumía en sus dedos, como sus pensamientos acerca de ella y del tren que no venía.


- Ahí salen otros dos...Parece que la noche está calurosa. -


El tren pitaba cada vez más cerca.


- Otros dos, qué movida! Pero si parece el auto de José. Sí, es!. Así que enfermo, lo que se perdió...


Pasó la barrera, dio unas vueltas y regresó al departamento, ya estaba amaneciendo.


Estacionó en la puerta del edificio, en el mismo momento en que el coche de José arrancaba, y ella, la pobrecita reverendísima... se decía, entraba.


Se quedó en el auto unos minutos. Subió al ascensor impregnado por su perfume que ahora le daba nauseas. Apretó el botón y los dientes. Entró en el departamento, asqueado fue directo al baño, se lavó la boca como borrándose los labios.


Ella hizo como si lo hubiese estado esperando ansiosa, intentó hacer el juego que le gustaba, se quitó la ropa y se acercó despacio. El, se dejaba hacer.


Los ojos por demás elocuentes del Negro, la hicieron temblar.


Sin dejar de mirarla, con el gusto aún ácido y amargo, la fue arrinconando hacia la ventana abierta.


Una lluvia de billetes morados se precipitaba sobre las baldosas recién amanecidas, algunos como por vergüenza, cubrían el cuerpo desnudo de la pobrecita.













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