miércoles, 17 de noviembre de 2010

Decidida a todo


Iba decidida a todo, con mi vocación de sombra y mi actitud de silencio guardadas en la caja fuerte del analista. Ahora sí, podría decir todo lo que me había guardado en los últimos tiempos, que eran nada más y nada menos, que los últimos cinco años de mi vida.


LLevando al pie de la letra lo recomendado en la última sesión, me arreglé como para matar de un infarto al que se me cruzara en el camino. Creo que exageré un poco, pero ese vestido negro de lycra, un talle más chico, que le había sacado del placard a una de mis hijas, el pelo recogido y desmechado, los labios rojos y las pestañas postizas que me había comprado para la última fiesta, me daban valor para enfrentarlo.


Ya no sería la idiota que se las tragaba todas; la muda que miraba desconcertada el reloj, cada vez que llegaba a las dos de la mañana de sus reuniones de negocios, cansado como trapo de piso que embebió champagne derramado. No, el analista me había dicho, que para demostrar que estaba curada, debía resolver antes que nada esta situación, según él, ambigua y que terminaría por destruirme. El me había preparado para resolver cualquier situación, y éste era el momento de demostrarlo. Un toque de perfume detrás de las orejas y lista, al salir paré un taxi.

El taxista, no dejaba de mirarme de reojo por el espejito, que dobló hacia abajo para ver lo que me faltaba de pollera. Recordé entonces la canción de Arjona cuando dice que le vio las pantorrillas... y algo maaaaaas.


Al llegar a Corrientes, sentí como si el vestido me quedara grande, no podía ser que adelgazara tanto de los nervios. Con mi mano toque la espalda y las costuras del vestido habían desaparecido, en su lugar, el ganchito del corpiño, la piel, y la vedetina de encaje negro completaban el diseño. Hubiese querido morirme de no ser porque aún no terminaba de demostrar nada.


-Dónde le paro? dijo amablemente el taxista.


-Volvamos a Belgrano, le contesté, mientras imaginaba cómo podría bajar del coche sin que nadie viera lo que me había ocurrido. En casa no había nadie a esa hora. Pensé en mi amiga Delia, pero estaba trabajando. Por segunda vez en el día, me armé de coraje y le comenté al taxista lo sucedido,  él, muy creativo, se ofreció a hacer de sombra pegadito a mi espalda.


Mi cita era a las siete y eran casi las nueve cuando mi marido llamó, más enojado que preocupado. Al notar mi risa y mi soltura, no creyó para nada lo que me había pasado, entonces le dí con Carlos, el taxista, para que le relatara lo sucedido.

" No puedo decir que me besó hasta la alfombra

y algo maaaaaaaaas... "

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