"en uno que se moría mi propia muerte no vi"
Juan José Saer
Margarita de Vergara, mujer de cabellos prematuramente encanecidos, llevada por los comentarios del último jueves de sus amigos, que como todos los jueves, en el café de la plaza de Córdoba y Jean Jauré se reunían en tertulias literarias, comenzó a internarse en las páginas del libro Glosa, de Saer, aquella mañana del veintitrés de octubre de mil novecientos ochenta y ocho.
Con algo de interés, curiosidad, pero más bien por obligación, ya que su fuerte era la poesía, y para no quedar fuera de las conversaciones de cómo el Leto, protagonista indolente en apariencia, pero según la propia versión del autor "que había sufrido mucho", y el Matemático inmaculado y erudito, caminaban por el centro esa mañana del relato, con sus primeras siete cuadras, cuando Tomatis después se unía hablando del cumpleaños al que el Leto no fue invitado, razón por la cual él, el Leto, quería saber si había sido una omisión de ellos, sus amigos, o quizas de él mismo, que atormentado por sus propios conflictos, escuchaba un tanto ausente los comentarios acerca del cumpleaños, los tres mosquitos de Washington y el caballo de Noca, sumado esto a un transfondo de arenas blancas y entremezclado con Isabél, Lopecito, el garage con las herramientas y el suicidio del hombre.
Ella, Margarita de Vergara, quería dilucidar la trama, para no sentirse ignorante como el Leto frente al Matemático, historia relacionada, con los años trancurridos en esa época de persecuciones y allanamientos que no quería recordar, porque ella, lógicamente, por la edad que tenía, también había vivido con un nudo en la garganta, como todos los que vivimos en este país desde siempre, pero cada vez que tocaban el tema, el dolor parecía no querer desprenderse de su memoria como las olas que sin piedad rompen en la misma roca.
Ensimismada en el lenguaje de las siete cuadras siguientes y las otras siete restantes en que el autor hacía partir a cada personaje según la corriente desatada por los sucesos del relato, centímetro por centímetro, cuadra por cuadra, interminables cuadras llenas de negocios, pero acompañadas por un ir y venir constante de relatos contados desde diferentes suposiciones, acorralada, entre el bolsillo y la pastilla del Leto, que terminaría con su vida, recordaba como ella, Margarita, situada en la misma esquina del protagonista, despedía sin saberlo para siempre, a su amigo del alma, que no era el Matemático, pero con el que había caminado por los setenta y pico, años, días y cuadras juntos.
Desesperada, viendo que el veinticuatro de octubre se había tragado al veintitrés entre las páginas de aquel libro, sí, perdida entre el canto de los pájaros y su chillido frenético de la última hoja, que la llevaba a pensar en la maravillosa verborragia del autor, capaz de ahogarla en sus recuerdos con una catarata alfabética y un clima intenso, tan intenso como aquellos días del Leto, y que ella, amante de poesías volátiles, había tratado de olvidar pero no pudo.
Sin salida, ante aquel mar apalabrado, quedó envuelta en el oleaje, que sin darse cuenta, la convertía en la protagonista de su propio naufragio, es decir, su historia, la de Margarita de Vergara, mujer que en la mañana del veinticinco de octubre de mil novecientos ochenta y ocho, fue hallada sin aliento, entre las páginas desglosadas de un libro y un frasco de pastillas vacío.
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